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Creíamos que hablar con la IA era privado. No lo era tanto

  • Foto del escritor: Esp. Willmar Tarazona Faneyth
    Esp. Willmar Tarazona Faneyth
  • 22 dic 2025
  • 2 Min. de lectura

Imagen generada con ChatGPT
Imagen generada con ChatGPT


Durante meses asumimos que conversar con ChatGPT y otros asistentes de IA era un acto íntimo, casi como pensar en voz alta. Pero una investigación reciente revela algo incómodo: extensiones de navegador estaban capturando esas conversaciones sin que muchos usuarios lo supieran. El problema no es solo técnico. Es cultural, económico y profundamente humano.


Hablemos claro. Muchos usamos chatbots de IA para cosas sensibles: ideas de negocio, dudas médicas, conflictos laborales, incluso pensamientos que no escribiríamos en un mail. Lo hacíamos bajo una suposición básica: nadie más está escuchando.


Un artículo publicado por Xataka destapa una realidad incómoda: extensiones aparentemente inofensivas del navegador estaban accediendo a las conversaciones con ChatGPT y otras IA, recolectando datos sin consentimiento explícito. No era un hack sofisticado. Era algo peor: normalizado.


Como en Black Mirror, el problema no es la tecnología, sino lo fácil que se vuelve cruzar la línea sin que nadie lo note. 


El verdadero riesgo no es la IA, es el ecosistema que la rodea. ChatGPT no fue el villano de esta historia. Lo fue el ecosistema de extensiones, plugins y “mejoras” que prometen productividad a cambio de acceso total.


Esto abre una pregunta incómoda pero necesaria: ¿de qué sirve que una IA tenga políticas de privacidad si el canal por donde accedemos está lleno de fugas?

Si la IA es el cerebro, el navegador es el sistema nervioso, las extensiones son implantes… y algunos están espiando. Simple e inquietante. 


Nada de esto es casual. Los datos conversacionales tienen un valor enorme: entrenar modelos, perfilar usuarios, anticipar decisiones. Y cuando algo tiene valor, alguien intenta capturarlo.


El riesgo no es solo que “lean lo que escribes”. El riesgo es que modelen quién eres a partir de eso. Empresas, gobiernos y actores poco éticos entienden algo que muchos usuarios aún no: las conversaciones con IA son el nuevo oro cognitivo.


¿Qué podemos hacer como usuarios?

Sin paranoia, pero con criterio: 

  • Revisar extensiones instaladas (menos es más).

  • Desconfiar de herramientas que prometen “mejorar” la IA sin explicar cómo.

  • Separar conversaciones sensibles de entornos poco controlados.

  • Asumir que privado en internet nunca es absoluto.


No es miedo. Es madurez digital.


La IA nos escucha para ayudarnos. Pero… ¿quién más está escuchando detrás? La conversación sobre privacidad ya no va solo de cookies o redes sociales. Va de pensamiento, intención y confianza. Y eso cambia todo.


 
 
 

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